Nº 8 LAS CUATRO REGLAS
Sonia se paró. No es que dejara de caminar sino que a partir del fallecimiento de su amor vivía en un presente continuo involuntario e interno camuflado por el rutinario pasar de los días. Siguió con su trabajo; si bien es verdad que comía y dormía menos, lo imprescindible para sobrevivir. Su mente se tornó bucle turbio donde la nada se paseaba continuamente. Su pupila negra absorbió el color de su iris esmeralda. Su cuerpo se volvió autómata desanimado. No sentía ni padecía. Tardó varios años es dejar de flotar en la parálisis de la ausencia y abandonar el reino del shock.
Teodoro corría todos los días varios kilómetros. Hubiera frío o calor salía por las calles de la ciudad pegando fuerte en el pavimento hasta que llegaba al suelo arenoso de la playa y se metía en el mar. Y nadaba: patadas y puños eran la traducción de los interrogantes que su mente vomitaba desde que salió del estado de conmoción en el que habitó durante años cuando sufrió la terrible pérdida. El porqué y para qué de tanto sufrir, la necesidad de arrasar con toda la cotidianeidad ajena que para él tenía tintes siniestros eran el leitmotiv de su vivir enronchado. Apenas le entraba algo de comida y dormía poco y mal. Bebía mucho . Coqueteó con los límites de la propia destrucción que no traspasó por el arraigo de los seres que dependían de él. Durante mucho tiempo su silueta se transformó por el intenso ejercicio físico que se convirtió en el eje sobre el que orbitar más allá del placer o de la voluntad; era la única manera de soltar el nudo del estómago que le hacía defenderse de la tormenta que, implacable, descargaba una y otra vez sobre su cabeza.
Paula lloraba constantemente. Bastaba escuchar una música evocadora para que sus ojos se convirtieran en las compuertas atrofiadas del diluvio universal. No tenía fuerzas casi ni para andar. Su ropa deportiva vegetaba en el armario una vez que había sido relegada al banquillo en el día a día. Aunque esperaba ser titular en algún momento, continuaba sin ser reclamaba, inutilizada en sus posibilidades, sin posibilidad de traspaso o reciclaje. Su llanto fue transformándose en la epidermis que el espejo le devolvía cuando se atrevía a mirarse en él. Cayó al suelo de la tristeza y dejó de oír el canto de la vida. Su palabra se volvió muda y solo era capaz de escribir una y otra vez sobre la pérdida que tardó en asimilar como irreversible y que había zarandeado su cuerpo con un exceso de actividad hasta dejarla exhausta. Juntaba palabras dolorosamente hermosas que la hundían en un pozo cada vez más profundo, cada vez más oscuro donde solo podía llorar sal.
Gregorio recordaba el día y la hora en que llegó el camión de la mudanza. Tardó meses en embalar los enseres que durante mucho tiempo fueron vistos y tocados por él en su hacer cotidiano y que compartiera mucho tiempo también con su alter ego, cuya desaparición le ofreció una tarjeta de embarque para el viaje más doloroso e intenso posible, crucero por aguas procelosas en primera categoría, con todos los extras incluidos. Pero llegó el momento de modificar la decoración de su casa y de legar lo que podría tener una nueva oportunidad en la vida de otras personas. El lugar quedó prácticamente vacío; restaba arreglar desconchados, pintar, elegir el mobiliario adecuado, decidir colores y texturas que convirtieran, poco a poco, la casa en un hogar. También se vació por dentro: ahora buscaba la compañía serena de la naturaleza, la mirada cómplice y genuina, el ratito silencioso para encontrarse, la sonrisa como puente por el que transitar cada día, el compromiso con la propia vida y la ajena y la comprensión profunda de lo efímera que es la vida . Aprendió a saborear la comida, el sueño reparador; buscó la actividad física más propicia para sus ganas, dejó de juzgar a diestro y siniestro, practicó la amabilidad indiscriminada y se tatuó, allá dentro, donde bombea el corazón, la palabra "gratitud" como lecho acogedor para los recuerdos que le acompañarían, protectores y tiernos, en la apuesta por el devenir de la vida que cada día le daba una oportunidad por estrenarse. Buena semana.
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