Nº 1 NO ES LO MISMO EL MEÑIQUE QUE EL PULGAR.
El supermercado presentaba el aspecto propio de una mañana de sábado en la que gran parte de la población acudía a cumplir con el ritual de la compra semanal. Los pasillos trocaban en miniautopistas por las que circulaban con distinta destreza pales con palancas, carros y cestas flanqueados por estanterías como si de afilados acantilados del norte se tratara.
Y ante cada mostrador o máquina de pesar brotaba en un continuo fluir la cola de espera.
En la carnicería , el monitor fluorescente anunció el 89 seguido de su eco a cargo del dependiente que ejercía de barítono mientras blandía el cuchillo alargado.
Pronto se abrió paso, desde la periferia, la mujer propietaria afortunada del número al tiempo que gritaba "aquí", "aquí" y levantando la mano , poniendo al cielo por testigo . Una vez alcanzado el puesto delantero inició la lista elaborada en casa, aclarando que no quería bandeja sino el papel a la hora de recibir el pedido. Estaba a punto de terminar su estancia en tan concurrido lugar cuando recordó que había olvidado el lomo y tras indicarlo, aclarando que quería cada loncha del tamaño de un dedo, el dependiente, de cara triangular, picassiana y ojos vivarachos, sonriendo le dijo. "¿ De qué dedo?
Y es que lo obvio se resignifica en cada contexto.
La mujer sintió que en medio de aquel trasiego, había llegado a un área de descanso y obviando el gentío que esperaba cantar bingo lo más pronto posible, entabló una conversación con el ingenioso tendero en la que consensuaron que hay que precisar lo que se pide porque cada cuál entiende a su manera; para concluir a modo de epílogo, "porque no es lo mismo el meñique que el pulgar". El tema se zanjó definitivamente con el cuchillo posicionado sobre la carne, al tiempo que las cejas de él se levantaban como signo de interrogación cuya respuesta fue un leve asentimiento acompañado de una no tan leve sonrisa de ella.
La mujer situada en otra cola, la última de la yinkana sabatina, pensó, una vez más, que en dónde menos te esperas salta la creatividad. Y que podamos comprender lo que nos dicen y hacernos comprender sigue siendo uno de los misterios inescrutables, que confiere a la humanidad el poder hecho palabra. Claro que, sin desdeñar la ayuda de algún que otro acertado gesto.¡ Buena semana!

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