Nº 12 MERECES LA ALEGRÍA
En la ciudad el verano reinaba a pesar de que la oficialidad estacional indicaba que era otoño.
El joven no tenía muchas ganas de hacer aquel examen. En realidad no tenía ganas de hacer ningún examen. Sería mas correcto decir que no tenía ganas de nada. Y eso que era un muchacho recién incorporado a la adolescencia, una persona joven, con toda una vida por delante.
Miró sin ver el paisaje a través de las ventanas de la guagua que, de lunes a viernes, le llevaba al instituto. Pero no tenía ojos para contemplar los matices del amanecer ni el trajín del tráfico cotidiano en el tiempo que tardaba en cambiar de municipio e iniciar la jornada académica.
Una vez en el aula no sabía qué contestar. Desconocía por qué estaba allí, ante las preguntas que se abocaban al abismo del folio en blanco. Diletante, puso su nombre, dejó el bolígrafo y se agarró la cabeza como si corriera peligro de desencajarse y caer rodando. Hubiese llorado pero no sabía cómo hacerlo .Pasó el tiempo.
Tras asegurar el equilibrio de su testa, escribió en un segundo folio un párrafo en el que pedía perdón por no responder al esfuerzo del profesor, realizó una declaración de principios en la que renegaba de ser una persona valiosa y concluía afirmando que no merecía la pena que se preocuparan por él. Entregó el escrito y se marchó.
Llegó el momento en el que el profesor se dispuso a corregir los exámenes, que según la ley educativa del momento eran un producto denominado pruebas escritas. ¡Cosas de los virajes del poder! Al leer el párrafo escrito por el alumno, paró, respiró y echó mano de la inteligencia cardíaca antes de escribir tres frases como comentario.
Mientras paseaba por una avenida con olor a sal, el docente hizo inventario de la situación que le ocupaba. Al acabar de enumerar las decisiones y acciones del joven alumno, concluyó que si había sido capaz de levantarse de la cama a primera hora de la mañana, coger la guagua, llegar al instituto, sentarse ante unos interrogantes trocados en indescifrables enigmas, y además había escrito qué pensaba, qué sentía, reconociendo el valor del cuidado ajeno, había esperanza para tirar hacia delante. Dijo en voz alta, con convicción, lo que antes fuera pensamiento, el juego de palabras de las tres frases escritas al alumno en el papel corregido, que serían un buen punto de partida para empezar a construir la solución: "Tienes razón; no mereces la pena; mereces la alegría". Buena semana.
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