Nº11. "GANABAN LAS QUE SUFRÍAN MAYORES DESGRACIAS"
Comenzaba la despedida de la tarde cuando tumbaba el sol, a la fresquita y sacaban las sillas. Eran vecinas, vínculo híbrido entre familia, amistad y cercanía en distintas y variables proporciones. Se juntaban en la puerta de Milagritos y en pocos minutos iniciaban la conversación o el monólogo, dependiendo de los avatares de la jornada.
Cada día se encontraban aquellas mujeres, en su mayoría, vestidas de canelo o negro. Estos vestidos seguían la pauta de la resolución de los dolores padecidos: si se daba un final feliz, el marrón clarito se imponía como modelo de agradecimiento, alivio y sacrificio; en caso contrario, la tendencia era el negro en todas sus variantes .Ellas hablaban durante la tarde, especialmente Milagritos. El diminutivo con el que se la conocía desaparecía en cuanto abría la boca. No podía cuchichear, gritaba y solo hacía alguna que otra concesión al levantamiento de cejas y al asentimiento para poner punto final al relato de lo que pregonara. Era una autoridad reconocida en las tertulias crepusculares. Su palabra tenía mucho peso. Y su silencio también.
Todas las familias habían vivido la guerra y su resaca; los combatientes hicieron un pacto de silencio en virtud del cual durante el conflicto bélico, todos habían estado destinados en la cocina y por tanto no había nada importante que contar; las mujeres pactaron el rescate de la tristeza, de la despedida, del dolor y del miedo a través de la palabra compartida en círculos de formas díscolas donde desgranaban el día a día, haciendo de la necesidad virtud para seguir adelante.
Y en aquel compartir lo cotidiano, con las puertas abiertas o con el gancho que evitara los portazos del viento, la palabra curaba mientras la chiquillería jugaba creando futuro con su presencia. Ellas daban sentido a su vida zurciendo los rotos del pasado con el verbo del presente. Y en este tejer, lo bordaban; ganaban las que sufrían mayores desgracias. Triste trofeo que cada una colocaba de vez en vez en la traslúcida vitrina de su corazón. Pero gracias a la palabra ,todas cosían heridas que, a su tiempo, cicatrizaban. Buena semana.
Comentarios
Publicar un comentario